Quietud

Dejo de deslizarme por la superficie y me detengo. Desde allí comienzo a ver el oleaje, cierta transparencia, las primeras capas de las profundidades. Hay algo entre el ruido y el silencio que marea, pero en esa decisión está el principio de la primera clave.

¿Qué sucede luego de transitar varios días entre la vorágine y el vértigo? ¿Cómo se digiere todo ese montón de adrenalina acumulada, aquella visita a las penumbras, aquel susto compartido entre la catarata inmensa de la lluvia, hace poco, en la ruta de la noche que amenazó, literalmente, con tragarnos?

Las aguas turbias de las horas se agotan con un remo destartalado. Hay que reponer fuerzas, pero no hay tiempo ni espacio para las pleitesías del presente.  Uno, en esos días, se aleja sin quererlo de sus nidos, algunos de algodón, otros de terciopelo, la mayoría candentes y con la incomodidad necesaria para emprender un buen viaje, nutritivo y pedagógico. Pero cuando el tramo, trecho o periplo es impuesto y no elegido, surgen los primeros inconvenientes: ego, reactividad, orgullo…hay serenidad cuando se dejan de lado las minucias. El tiempo vale un suspiro o una tonelada de rodio.

 

© Nicolás García Sáez