Ejercicio de contemplación auditiva

Escucho los sonidos que se producen entre el silencio: los pájaros, casi siempre, charlando entre ellos, sobre alguna rama, en el espinillo, o en el laurel,  cerca o a lo lejos. Los escucho también en el aire, volando (uno de los gerundios que más envidian los humanos, siempre prepotentes), yendo hacia el alimento o volviendo del mismo. Escucho alguna gota que quedó sin caer, explotando contra el pasto o el suelo del patio. Escucho un ladrido lejano y el motor de la heladera, que irrumpen como la niebla de Terminator en medio de un sueño que comenzaba a ser aterciopelado.

Me escucho a mí mismo. Escucho las imágenes que me devuelvo, trazo un mapa sobre el territorio anímico que dispuso la mañana. La noche fue intensa, con rayos y truenos alborotando interiores y exteriores, zozobrando entre humanos y animales, temblando en los materiales. Pero amaneció maravillosamente bien, fresquito, con bruma y en ese deambular hubo tiempo para acomodar un montón de piezas.

En aquel entonces nos provocó algunas carcajadas enterarnos de la existencia del locus interno. Éramos  un grupo lúdico e intenso de la facultad y nos reuníamos, además, para estudiar psicología, una de las materias iniciales de la carrera de Ciencias de la Comunicación, en la Universidad de Buenos Aires. Hoy los recuerdo mientras reviso mis propios locus (usted, si es humano o humana, también tiene los suyos, no se preocupe), primero el externo, que vengo manifestando desde el título de este texto, luego el interno, adonde me zambullo, con preferencia por los ríos caudalosos que lleven a la isla de alguna comunión sobre lo sencillo, lo sensible y lo pragmático. Hoy necesito eso.

Ordeno gestiones y agenda del día (sencilla, sensible y pragmática) y me parece escuchar al mismo zorzal de siempre, esta vez conversando con otro pájaro, que desconozco. Algo me dice que están hablando sobre un almuerzo.

 

© Nicolás García Sáez