Epistolar (2)

Entre los años 1872 y 1890, los hermanos Theo y Vincent Van Gogh mantuvieron una intensa correspondencia epistolar.  En esos textos, cualquier lector o lectora puede evidenciar que hay vida más allá del mito del pintor talentoso y trastornado que se rebanó una oreja.

Los imagino escribiéndose durante esos dieciocho años y pico. Me pregunto cuantas semanas tardarían cada una de esas cartas en llegar desde Arles a La Haya, ida y vuelta. En esos lugares habitaban el pintor y su hermano, el marchand. Ambos abrían corazón y alma para tender un puente fraternal. Pienso en la actualidad, en algunos chats de las redes sociales o el wasap. Imagino, en la lejanía de aquella época, un banquete con delicias opíparas inundadas de nutrientes junto al vino preferido de Dionisio y luego, cuando la lupa se acerca a la contemporaneidad, veo migajas mustias y una Coca debilucha y sin burbujas, imagen que remite, casi, a la nada misma.

La virtualidad tiene posibilidades maravillosas para crear, compartir y evolucionar, pero también puede ser un embole cósmico si se utiliza como pasatiempo o, peor, como antídoto del aburrimiento (horror vacui) que, bien aprovechado y dándolo vuelta, a solas, te habilita un festival interno en expansión.

Entiendo que no es lo mismo hablar durante diecisiete horas, perdón, hojas, sobre las texturas de los horizontes que regalan los atardeceres holandeses… que hablar sobre el clima con ánimo de meteorólogo o meteoróloga narcotizada (¨bien, hace frío, mal, hace calor, que lindo es el otoño¨), y que tampoco debe ser lo mismo conversar sobre el espíritu que habita los tonos del amarillo, que mandarte un ¨hola, acá, trabajando¨. Y no se trata de desmerecer al egregio gerundio, sino de  saborear la pimienta del ingenio, o de algunas semillas que aporten emoción y contenido a ese tiempo irrepetible en el que dos seres humanos pueden intercambiar algo más que información.

 

© Nicolás García Sáez