Las hojas del jazmín bailan con un bamboleo de seda sutil. Las sierras se imponen detrás, serenas y expectantes. Un loro y el ladrido idiota de un perro interrumpen el oasis de delicadeza que se acaba de gestar enfrente mío.
Suspiro y el silencio es un premio a esa pizca de paciencia. Intento calcular cuantas hojas le dan vida al jazmín. Quinientas. Mil doscientas y pico. Menos de ochocientas. ¿Importa? Depende. Si las vamos a utilizar, por ejemplo, para algún concurso de botánica, puede ser que sí, que importe. Pero no tanto si vamos a reflexionar, para luego imaginar y así poder despegar hacia el firmamento de posibilidades que despierta la palabra ¨céfiro¨
© Nicolás García Sáez