Un avión en la pared

Podría ponerme a hablar sobre Aristóteles, Santo Tomás o Descartes, pero dejo mis lecturas de aficionado sobre el tema para alguna ocasión más pertinente. Ahora prefiero ir al grano concreto, invitar a compartir las preguntas que, recapitulando otra vez, me estoy haciendo desde el mediodía. En esta etapa de mi vida me interesa, entre otras cosas, la sinergia profunda que hace bailar al cuerpo con la mente y el espíritu. ¿Son lo mismo? ¿No son lo mismo? ¿Hay empate, medio raro, entre los tres?

¿Qué sucede cuando alguien decide clavarse en el sillón durante una semana para maratonearse todas las temporadas de Los Simpsons? ¿Qué sucede con el que elige aislarse en ese mismo espacio y lapso pero, en lugar de comer diez toneladas de pochoclos, decide hacer ayuno para poder contemplar todos los paisajes que se abren sobre una pared blanca y recién pintada? El cuerpo, agradecido, la mente, ni te digo… ¿Y el alma?

En lo personal me caen bien, pero no soy de pispear mucho a los Simpsons. Puedo, en todo caso, mencionar las turbulencias que van del vacío, tan necesario en ese espacio, a la algarabía que puede sentir un avión y sus tripulantes cuando, luego del denso temblor, ven el sol naranja de un  amanecer. El sol luego va mutando y se presenta vestido con otras luces, al mediodía, y allí vuelven a surgir las preguntas.

Los tripulantes pueden ser hiperactivos o contemplativos, soñolientos o intuitivos, algunos se electrifican con una epifanía o saborean la miel oscura de la madrugada, el grillo calmo que avanza con pies de plomo y se zambulle, extasiado, en los arrullos de Morfeo. Amanece. El cielo es como un zombi extraño que muerde despacio. Allí mismo se abre un océano de posibilidades, hasta el mediodía, espacio y tiempo para una nueva tanda de varias  preguntas y algunas respuestas.

 

© Nicolás García Sáez