Cualquier entrañable devoto (o devota) de la New Age más angelical te puede decir, con una sonrisa beatífica (no siempre es fingida) y una voz mansa, susurrante (nacida probablemente en el conurbano bonaerense) algo así como: ¨tú puedes llegar hasta allí vibrando con el Universo, soltando y resonando junto a tu corazón¨. Ya el ¨tú¨ invita a desconfiar inmediatamente, además de la cantidad de gerundios (3) que se acumulan en menos de una línea de texto. Pero no es la propuesta per se, las buenas intenciones siempre son bien recibidas, sino algo que tiene que ver con las simplificaciones teóricas y conceptuales que abundan hoy en día, algunas, todo hay que decirlo, con intensa profundidad y de una calidad excelente, gracias Tik Tok. Un suspiro de compasión aterriza en el acumulador de gerundios. A uno le dan ganas de acercarle a Voltaire, a Kafka, a Joyce, retribuyendo  las mejores  intenciones, pero sería la otra cara de la moneda, o tal vez la misma, que muchas veces también busca simplificar. Revisadas las propias proyecciones, la autocrítica, el propio ego…¿qué hacer entonces? Aceptar y tolerar, por supuesto, no hay duda sobre eso, pero una cosa sigue siendo Mozart y la otra el reguetón.

Tengo enfrente a quien me ha inspirado a escribir este pequeño texto. Su foto en la pantalla lo muestra con una barba que le llega al ombligo, enseña mucho los dientes mientras sonríe, debe andar por los cuarenta años y tiene varios kilos de más, va ataviado con una sábana, perdón, con un manto níveo pletórico de pureza, parece un diácono ministerial a punto de comenzar a brindar la liturgia excelsa. Imagino las zapatillas debajo de esa vestimenta, algo me dice que también le entra sin pruritos ni escrúpulos a la dieta carnívora… pero no quiero pecar de prejuicioso, hay algo en este personaje que comienza a despertar a mi yo más querendón, me dan ganas de abrazarlo y decirle que hay ciertas cosas que son sagradas, que no todo es objeto de mercancía. También entiendo su necesidad.

 

© Nicolás García Sáez